Ni siquiera alcanzamos a presentarnos.
Felipe me miró, me señaló y, con una seguridad que todavía hoy me sorprende, dijo:
“Tú vas a ser el amor de mi vida.”
En ese momento parecía una frase espontánea, de esas que se dicen sin imaginar todo lo que algún día llegarán a significar.
Porque nuestra historia no empezó con un beso, ni con una cita, ni siquiera con un noviazgo.
Empezó con una amistad.